Recuerdo que desde pequeño me angustia el sonido de las
tormentas, la lluvia torrencial, me generaba (genera) una sensación de estar
impotente ante algo que no puedo controlar y que puede salirse de control hasta
ser tan fuerte que de tal manera no se escucharían mis gritos de auxilio, o los
de los demás, como en los sueños.

Después de haber dado alimento a mi perra y hacer algunas
otras cosas, tan pronto como termino de hablar por celular con ella, hago caso
a las instrucciones que dio mi madre: cerrar bien las puertas, pasar el
picaporte… pero algo me detiene, hago un gesto para escuchar mejor. Me parece,
un ladrido que viene desde la cocina, así que, aseguro la puerta de en frente y
voy con cautela hacia ahí: estaba Hannah, la mascota de la casa, aferrada con
las patas delanteras y con el hocico ensangrentado jalando hacia arriba un
pedazo de algo irreconocible, al menos para mí, aunque después de unos segundos repasé la escena sin creerlo… traía una mandíbula de ternero.
Pero lo que me causó
el escalofrío no fue el hecho de ver a Hannah comer despiadadamente; como nunca
la había visto, debió quedar con algo de hambre, pensé. Un escalofrío cruzó mi
cuerpo de lado a lado y el mundo parecía caerse pesado sobre mi cabeza: la puerta
abierta… yo estaba seguro, la había cerrado antes. Un poco desorientado aún
busco en el manojo la llave y sigo el rastro hacia la puerta pensando en que de
verdad unos minutos antes la había asegurado… pero otra vez algo me detiene:
miro hacia el piso, Hannah ladra alborotada dando saltos alrededor de la
quijada que con la lengua advierte: “Pase... el picaporte”.


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